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No hemos ganado nada: De la urgente necesidad de un nuevo bloque histórico

Por Pablo Parry

Han pasado ya casi 8 meses desde el inicio del estallido social del 18 de octubre, en donde nuestro pueblo se volcó a las calles exigiendo a gritos un cambio constitucional que abriera camino a las necesarias transformaciones que nuestro país tanto anhela y necesita con urgencia. Develando la decadencia profunda y abierta de nuestro sistema económico y político, y de las consecuencias barbáricas de la mercantilización de la vida social iniciada bajo una dictadura tiránica, la clase política se vio obligada a ceder en la necesidad de plebiscitar la nueva carta magna.

Un «acuerdo por la paz» hecho entre 4 paredes y una pandemia de Coronavirus después, parece ser que no hemos ganado absolutamente nada.

Quienes hoy detentan el poder, han logrado atornillarse con éxito en el. Han podido con notable eficiencia lograr desmovilizar (al menos temporalmente) a la mayoría que se movilizó en las calles contra este gobierno funesto que no ha tenido ningún empacho en someter al pueblo a las condiciones más absolutas de miseria, quitándonos hasta el sagrado derecho al salario bajo la excusa grotesca de «proteger el empleo».

Ese es el nivel de barbarie al que hemos entrado, y cualquier análisis del momento actual no puede desentenderse de eso. Pues ahora resulta que la misma derecha que firmó el acuerdo por la paz, es la misma que hoy intenta suspender el plebiscito constituyente con la excusa barata de que hay que «cuidar la economía». Nada para sorprenderse de esa derecha criminal que fue a ver al dictador Pinochet cuando se encontraba detenido en Londres. El mismo tirano que estuvo a un paso de desconocer el plebiscito de 1988 y mandar a nuestro país a una cruenta guerra civil.

Pero más terrible aún es la acelerada fragmentación de los sectores «opositores» a este régimen. Ya sea por sus propios divisionismos internos, por su torpeza y falta de liderazgo frente al momento histórico que vivimos o por su abierta y explícita colaboración con el gobierno, el desastre que atraviesan los sectores de la izquierda y el progresismo amenaza con entregarle una vez más el poder a las derechas más duras, quienes podrían volver a imponerse por descarte mediante el voto.

Ante tal escenario, la posibilidad de una dura e histórica derrota política para las fuerzas del campo popular es un hecho que no puede, bajo ninguna circunstancia, desconocerse. Las implicancias de aquello pueden ser catastróficas, no solo para las posibilidades de cambio, sino para todo un pueblo que deberá seguir tolerando a una clase política que no tiene ninguna voluntad real de impulsar transformaciones profundas que vayan en la dirección de elevar las condiciones de vida de la sociedad.

Es por lo anterior que se hace más urgente que nunca volver a hablar de bloque de histórico. De pensar, tal como se hizo durante el siglo XX, en una amplia articulación política y social que permita concitar las mayorías necesarias para impulsar los cambios que nuestro país tanto anhela. Ha sido ese principio fundamental que ha hecho posible experiencias históricas de la izquierda y el progresismo chileno, tal como el Frente Popular de Pedro Aguirre Cerda y la Unidad Popular del Dr. Salvador Allende. Que esa futura articulación no puede pensar estrictamente desde los partidos políticos, entendiendo que estos últimos hace rato han dejado de ser la única de expresión de la sociedad organizada, sino que tiene que incorporar, de una forma abierta y democrática, a todas las organizaciones y movimientos populares que han emergido al calor del proceso histórico iniciado por el pueblo chileno el 18 de octubre.

La unidad de las fuerzas populares tiene que hacerse con humildad y con sentido del momento histórico. En el entendido de lo díficil que es articular posiciones políticas muy disímiles, es imprescindible que quienes ocupan posiciones de liderazgo entiendan que hay que ceder en pos de un objetivo superior: El lograr que las demandas impulsadas por el pueblo a lo largo de todo este ciclo de luchas pueda por fin verse concretado en una constitución democrática, légitima y solidaria que siente las bases de una nueva república de hombres y mujeres libres e iguales.

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